Betty, la sirena coja

Foto de Roberto Nickson para: https://www.pexels.com

La luz penetra a través de las rendijas

De tus parpados cansados y soñolientos,

Emerges de las profundas aguas

Donde se diluyen tus recuerdos,

Sin ella, tu chica anfibia.

Y te sientes vacío y abandonado

En las rocas de la escollera

De tu mente atormentada,

Donde se estrellan

Las olas de su memoria

Con la esperanza de verla aparecer entre la espuma

Una vez más.

Pero tu amada anfibia se fue mar adentro,

Una tarde de verano, dejando las sandalias en la playa

Y una nota escrita de su mano bajo la toalla.

«Ningún hombre me ha amado como tú,

Volveré a nacer para poderte besar una vez más».

Cada palabra del mensaje fue un río de lágrimas en tus ojos

Que han desembocado en un mar de desolación y pena.

«¡Vamos Ulises! Los héroes no lloran.

La casa te invita a otro whisky,

Lo mejor para olvidar».

Dice el camarero

«Cuéntanos la historia de tu chica, una vez más».

Dice un ebrio con voz pastosa

«¡Qué tonto, qué ciego!

Confundir a Betty la  camarera,

Con su prótesis de madera, coja y canosa

Con una hermosa sirena

Con cuerpo de diosa  y cola de delfín».

Se burla un borracho.

Otro añade:

«¡Vaya par de patas para un banco!»

Y las risas se elevan en el aire,

Graznidos de estúpidas gaviotas,

Aves carroñeras, que se alimentan de jirones de carne

De tripulantes de barcos naufragados y de

Despojos de vidas desechas que van a la deriva.

Pero tú Ulises no los escuchas, no entienden,

No han visto nunca una sirena,

Solo han visto a Betty, la camarera mutilada,

Nunca a una mujer, ni a tu bella ninfa,

En su trono de coral rojo sentada,

Reina de tu mar en calma.

Y les hablas de ella, y recuerdas como la querías,

¡Cuéntales Ulises!

….

«Su mirada se perdía en la frontera infinita del horizonte

Contemplando el azul del mar,

Y el misterio de sus profundidades,

Que se reflejaba en sus  ojos turquesa,

Cambiantes como las mareas.

De cómo el sabor a sal perdura en la memoria de mis labios,

Cuando besaba  su piel desnuda

El aroma de su cuerpo era de fruta madura y vainilla,

El tacto y el color de la piel recordaba al rosado melocotón.

Sus labios sabían a miel.

Dulces eran las horas pasadas junto a ella

Y las más hermosas.

No  importaba que también  me faltase una pierna,

La inédita historia de dos cojos enamorados.

Y me cantaba al oído en un lenguaje submarino

Hecho de burbujas y destellos de luz.

Su voz no era lo que cuentan las leyendas ni los mitos,

Los cantos de las sirenas

No estrellan navíos  contra los arrecifes,

Ni envían tripulaciones al reino de Poseidón,

Alivian las almas del peso  de eslabones  y cadenas.

Tal era el prodigio que producían sus canciones.

Betty se llamaba mi amada anfibia.

Y sé que vuestras cabezas creen que os miento,

Que todo es imaginación  de escritor

Que vive del cuento.

Pero veo que calláis y los ojos os brillan

Chiquititos como estrellas solitarias en la noche,

El corazón se os ha entibiado dejando ir las penas.

Y os ha revelado el secreto de mi sirena.

Y añoraréis su ausencia como yo,

Y esperaréis en el puerto su regreso,

Entre los escollos espumosos os parecerá ver su cola

 Y en la brisa creeréis oír su canto.

Más todo será en vano, las olas me han traído su mensaje,

Me esperará en la playa, la próxima luna llena.

Y emprenderemos un viaje».

Y Ulises tenía razón,

Las mentes de los hombres no lo creyeron

Pero sus corazones envidiaron su destino.

 Al amanecer de la primera noche de plenilunio

 Encontraron su ropa junto a la pata de palo en la playa.

 En la arena aún podían verse las huellas

 De un par de pies caminando hacia el devenir.

Llamas

Movimientos ondulantes, felinos, de caderas sinuosas y rotundas, hipnótico espectáculo de  exóticas bailarinas ciegas, desnudas bajo encajes ígneos transparentes, púrpuras, amarillos y  anaranjados, tan leves y etéreos que se elevan al cielo acariciando el aire y dejando entrever la voluptuosidad de unos cuerpos dorados rodeados de  velos de seda ardiente…

Llamas…

Saltarinas y alegres duendecillas, sin edad, eternamente jóvenes, brujitas seductoras  que impregnan de magia y hechizos los cuentos que por las noches  se narran al amparo de su protectora presencia;  espectáculo fascinante, vivarachas, juguetonas, en ocasiones pícaramente tímidas, jugando al escondite, riendo y saltando sobre los troncos que arden en la chimenea.

Seductoras salamandras del fuego, que se deslizan sobre los leños, desnudas, provocadoras, chisporroteando guiños rubíes. Danzan alrededor de sus corazones de madera,  abrazándolos, acariciándolos  hasta que se entregan enamorados a sus encantos.  Y se deslizan sobre ellos y los besan rodeando su cuello con los brazos, con tal pasión que los troncos arden en deseo, humean sus cuerpos calientes y ser amados se convierte en su único anhelo.

Y se consuma el deseo, leño y fuego se funden, indistinguibles, y devienen una sola llama, una hoguera ardiente que lo devora todo.

Veo las llamas reflejadas en tus pupilas de cambiantes tonos naranja,  y el rubor en tus mejillas sonrosadas y cálidas, tu boca son dos rubíes que rivalizan en intensidad con el rojo púrpura e incandescente de las ascuas, tus labios son fuego ardiente,  sabrosos y embriagantes como una fresa madura. Y cuando pronuncian mi nombre se convierten en aliento de fuego que quema  mi piel y hace hervir la sangre que corre por mi cuerpo. Mis emociones y mis fluidos se convierten en lava del volcán que arde de deseo y amor por ti en mis entrañas y en mi corazón.  Y tú lo sabes…porque en mis ojos ves reflejados los tuyos y en ambos arde la misma llama, y siento las ondas  de tu océano agitarse tumultuosas bajo tu pecho cuando te abrazas a mí, noto como aumenta la intensidad de las olas, crecen y se curvan  en círculos de espuma y de anhelos. Pasión es el nombre de tu mar y del oleaje tempestuoso  que se abalanza sobre mi montaña de fuego. Y se produce el encuentro, el volcán  estalla  al sentir el contacto de tu agua salada y fresca. Arroyos de agua ardiente y fuego líquido surgen en la nacida nueva tierra, ríos con sabor a miel. 

―Me ha encantado este beso ―dice ella.

―Ha sido inmenso, como asistir a la creación de una nueva estrella ―dice él.

―Podríamos crear toda una galaxia ―dice la mujer.

Con el dedo de la mano  dibuja un corazón en el pecho desnudo del chico, mientras se pasa la lengua por los labios y lo mira con ojos de gata.

―Un Big Bang, es mucho mejor ―dice el hombre.

Se inclina sobre la amada ―recostada en el sofá, desnuda bajo la manta― y mete la cabeza bajo la cálida cobertura. Ella suspira al notar la lengua húmeda y ardiente sobre su piel.

Renacimiento

El nacimiento de Venus – Sandro Botticelli

Simonetta pintaba en las rayas que dibujan las espirales del tiempo, estelas transparentes de la eternidad, con la paleta cromática del arcoíris, un solo rayo de luz transparente  abierto a infinitas posibilidades ―la magia existe si previamente está quien la hace posible― Impregnaba el pincel en los colores de las llamas, bien empapado,  y con el gesto seco y preciso de una diosa salpicaba el lienzo, cientos de gotas en caótico desorden se estrellaban contra la blanca tela ―¿la nada?― y se escurrían como lágrimas sin dejar rastro de color hasta el precipicio del marco, y cuando el mundo callaba expectante e indignado ante el deprimente arte, allí estaba la magia. Movía el pincel/batuta hacia arriba, un solo gesto, y las gotas multicolores se agitaban como larvas de algún insecto, y de las gotas aplastadas salían ápices que se transformaban en vértices, como aparecen los dedos al abrir el puño, y se convertían en hojas de arce con los colores del fuego, los tonos del otoño, y aleteaban tímidamente convertidas en mariposas para emprender el vuelo hacia lo alto, abandonando el cuadro, llenando el cielo de parpadeos, para después regresar al lienzo y allí permanecer quietas en una nube globosa, palpitante, transformándose de nuevo  en hojas, con las tonalidades  que robaron al sol y que ahora lo recuerdan y convocan,  como niños huérfanos llamando a su padre…y el padre, durmiente, dentro del dorado lecho foliar se despereza y abre los ojos en cada hoja simultáneamente, convirtiéndolas en luz, y el árbol ―sin tronco, ni raíces―se estira alargándose y curvándose sobre el ojo de la eternidad, convertido en la espiral del tiempo, una galaxia cuajada de estrellas, miles, que palpitan en las pupilas de Simonetta.

Y siente la necesidad de no estar sola, la sed de buscar un compañero para atravesar la eternidad y alcanzar ese lugar prohibido del que hablan y que en ocasiones aparece en su visión. Traza una silueta con su dedo índice, un fino hilo de luz recorta el satinado y  estrellado cielo nocturno y se desprende una figura plana,  no mucho más que un trozo de papel pintado recortado de una pared tapizada con sueños y esperanza ,  aunque este no es un estampado sin vida, son diminutas flores, miles de estrellas diminutas  que respiran luz blanca, pulsante, rítmica. El latido de un corazón aparece en la ecografía de las estrellas, y con cada respiración se  añade tridimensionalidad a la forma pensada, lentamente se expanden los volúmenes, redondean y emerge un rostro, sus facciones revelan a alguien cuyo perfil ha dibujado tantas veces con el lápiz que ha dejado un molde en los circuitos de su memoria, es David, el que la gente llama de Miguel Ángel en el lugar prohibido, el arquetipo de la perfección. Finalmente completo y desnudo ante ella, como tallado en un bloque de diamante, cada arista refulge y multiplica la luz blanca en abanicos de colores que se expanden hacia la eternidad, es el nacimiento de una estrella, de un dios, del propósito de encarnarse en un cuerpo vivo y experimentar la vida. El anhelo de mortalidad que enfrentó a legiones aladas hace eones sigue siendo inmortal, la sed de existir no se extingue nunca.

Me veo reflejada en tus ojos de cristal, David, en el paraíso me dibujaron como Venus en la obra de Botticelli, desnuda como tú, arquetipo  femenino de un ideal. Fue efímera mi vida, era legendaria mi belleza, una flor en una frágil copa de cristal. Cruel fue mi destino, apenas mojarme los labios con el sabor de la ambrosía y tuve que renunciar a todo cuando me llevó la  Parca. Ya entonces te dibujaba una y otra vez, recorría tu rostro en el papel y sentía tu piel cálida y tus relieves bajo la yema de mis dedos. No pude concluirte, no pude sentirte y amarte, solo tú conoces mi nombre, Simonetta, porque eres parte de mí, nacido de mi propósito y de mis deseos no satisfechos que conmueven al universo.
Por ello has venido, para volver a nacer, para poderte besar una vez más, porque aunque te he amado en sueños, nunca he notado la calidez de tus labios, y el sabor que destilan, sé que saben a miel…y volvería a morir y volvería a nacer una y otra vez, por besarte una vez más.

Me desprendo de la capa que cubre mi desnudez, mi cuerpo es un prisma luminoso como el tuyo, refulgen en todas direcciones rayos de colores que se convierten en hilos flexibles de cristal, me abrazo a ti fuertemente, tu no deseas perderme de nuevo, los hilos nos rodean y forman un capullo de luz a nuestro alrededor. Fuera o dentro, depende de la visión, en el espacio acogedor, de terciopelo negro, la eterna matriz de la creación se dilata.

En otro lugar:

Noticias: En Florencia han desaparecido dos de las obras más significativas del Arte del Renacimiento. El robo fue simultáneo en las dos galerías de arte. Las cámaras de seguridad, en ambos casos, únicamente han captado un resplandor que se reduce a un foco de linterna que se dirige hacia las puertas y las atraviesa. Se sospecha que los ladrones han utilizado tecnología avanzada de camuflaje lo que hace imposible su identificación.

En otro lugar:

―Dos ristretto  y dos raciones de tarta de manzana, por favor ―pide David.

―Me moría de ganas de probar esto que llaman café ―dice Simonetta.

―Tenemos toda la eternidad, para probar esto y muchas otras cosas, y le guiña un ojo.

Se acercan el uno al otro. Se besan.

David – Miguel Ángel Buonarroti

DIBUJANDO CORAZONES EN LA NIEVE   by Q. Molina

En Masticadores, sin fronteras, dejando la vida libre.

Masticadores

Su esposo, Yoshimo, falleció durante el invierno, ya no podrá contemplar las flores de los cerezos que tanto amaba. Fue él quien cavó los agujeros y los plantó, mucho antes de la gran guerra, uno por cada hijo, tres en total. Cómo la última en nacer fue Aiko, eligieron un cerezo de flor rosada, a diferencia de los otros dos, blancos. Decía Yoshimo que el color rosa de los pétalos era debido a la tragedia, las flores en su origen eran níveas, pero tras los sangrientos episodios de guerras del pasado, en los que innumerables samuráis perdieron la vida, sus viudas no soportando la perdida, y ante un futuro sombrío e incierto, realizaban el ritual de seppuku, entregando su vida a los pies de los honorables árboles. Y ellos transmutaban el dolor, la sangre y las lágrimas, en pétalos rosáceos de delicada y efímera belleza.

Los dos hijos varones…

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El calvero de los últimos antiguos

Un gran calvero esférico, con el suelo oscuro como la sangre seca, señala el emplazamiento donde una vez hubo un poblado, algunos líquenes amarillentos son la única forma de vida que intenta medrar en aquella tierra. El círculo yermo lo cruza un pequeño sendero polvoriento utilizado como ruta de paso por los animales salvajes, distingue las huellas de jabalíes, conejos y zorros, le llama la atención la ausencia de pisadas fuera del sendero, la tierra granate no la pisa ningún ser vivo. Dandelion sigue la misma ruta y camina siguiendo las huellas que desembocan al pie del bosque. Dos troncos verticales, semiocultos por las enredaderas, del grosor de un  cuerpo adulto señalan la entrada, la madera es oscura y rezuma agua continuamente formando charcos en la base. Unos filamentos oscuros, asemejan a un tipo de musgo, pueblan la corteza mojada, tira de un hilo y se desprende, lo ha visto otras veces, es un pelo con su raíz. Descubre horrorizado que la corteza del árbol es  piel muerta.

Se oyen gruñidos provenientes de la profundidad del bosque, rumor de crujidos de ramas doblándose. Hojas sacudiéndose con furia.

—¡Quéreis callaros! —grita una voz infantil.

De la espesura salen dos brazos que apartan la densa vegetación, como si nadasen a través de ella. Le sigue una cara pecosa y pelirroja con ojos verdes como la hoja del abedul. Lleva el pelo recogido en una cola y atado atrás con una fina tira de cuero.

—¿Qué miras? ¿Qué haces aquí? ¿Quién eres? —le pregunta, mirándolo con desconfianza y curiosidad.

—¿Eres una niña o un demonio? Así con la cara sucia y negra no te distingo bien. Es la primera vez que me encuentro a  una sola por el bosque. Es peligroso.

—¡Qué voy a ser! Y con un gesto espontáneo y rápido se sube y baja el borde de la faldita de cuero y le muestra lo que hay debajo— ¿Lo has visto bien?….porque no te lo voy a volver a enseñar. Contesta mis preguntas, ahora ¿Quién eres?

—Me llamo Dandelion…—comienza su explicación, ruborizado.

—Más bien deberías llamarte Pissenlit * —le contesta y se ríe a carcajadas.

El joven baja la cabeza, serio, ignora las risas y continúa su historia. Le cuenta lo ocurrido a su madre, lo que pasa en Abisal y la cercanía de los leñadores.

La niña escucha con el semblante serio y le responde:

—Siento lo de tu madre. No debería haberme reído de ti. Yo soy Menta, por el color de mis ojos. Sí, teníamos noticias de que se acercaban los leñadores y vendrán muchos más. Ha comenzado una gran guerra y se necesita madera para alimentar las forjas, y los ejércitos, construir máquinas de asedio y  embarcaciones. La Santapía se ha comprometido en suministrar toda la necesaria a los ejércitos del  Rey y no pararán hasta haber talado y  devastado toda la región. Deberemos actuar.

—¿Quién? No veo a nadie más. ¿Están dentro del bosque los demás?

—¿Quién va a ser? Nosotros dos y el bosque. No hay nadie más. Enséñame los huesos que recogiste de tu madre.

Menta los examina, huele y finalmente chupa el extremo de uno.

—Sí, era una de los nuestros, la he reconocido, no sabía que hubiese tenido un hijo. Ven, buscaremos un lugar donde sembrarlos.

—¿Sembrarlos? querrás decir enterrarlos.

—No, no, sembrarlos, has oído bien. Sígueme.

Menta se acerca a los pilares, pasa por una apertura en el muro vegetal entre ramas resecas y puntiagudas como lanzas y arbustos espinosos con espinas semejantes a garras. Penetran en un túnel arbóreo que la luz nunca ha visitado. El suelo está lleno de hojas muertas, mojadas, pútridas, entre las cuales pululan insectos de pesadilla y arañas monstruosas, restos de caparazones, crisálidas vacías, tierra negra, resbaladiza y maloliente. Cientos de telarañas penden de los árboles como nubes caídas, cortinajes rotos y pegajosos con restos de mariposas, pájaros y murciélagos convertidos en siniestros trofeos. Se oye un riachuelo correr, se desvían e introducen en el agua limpia y fresca, siguen su curso chapoteando aliviados,  y un punto de luz se percibe entre las altas copas, y luego  otro y otro, y los claros son cada vez más amplios y dejan pasar más luminosidad, los rayos oblicuos del sol convertidos en lanzas candentes, ígneas, atraviesan las copas y se posan en ellas creando la sensación de una cobertura de polvo de oro. El cielo se deja ver y bajo el mismo aparece un claro verde, inmenso, cubierto de diminutos nomeolvides con sus pequeños pétalos azules y el ojo amarillo en el centro, creando un tapiz, una galaxia de estrellas azules y soles  amarillos, que se extiende hasta donde alcanza la vista.

Pequeños círculos de piedra sin apenas altura y de una zancada de diámetro,  y menhires de no  más de un metro de alto parecen crecer entre las florecillas, como extrañas plantas petrificadas. Hay centenares, miles. Avanzando entre las piedras Menta se detiene en un lugar que le parece adecuado y con una azadilla comienza a cavar sin profundizar mucho.

—Aquí, Dandelion, trae los huesos.

El joven le acerca los dos huesecillos. Menta los coloca con delicadeza en el suelo y los cubre con tierra, al lado coloca la piedra que faltaba para completar aquel círculo. Y le explica:

—Los huesos nunca mueren, al igual que las estrellas, los minerales que los componen continúan actuando como mensajeros del espíritu que partió, en contacto con el clan. Pero, hay otro proceso, la parte orgánica del hueso se convierte en vegetal, nutrirá a los hombres después de haberlos amado a través de la fertilidad en las cosechas. Carne y hueso se convierten en madera al morir. Los troncos de los árboles traen las voces de los huesos que viven entre las rocas de la tierra, las ramas y las hojas transforman  las voces en flores y semillas que transporta el viento, las aves y los insectos. Cada vez que te detienes a contemplar la belleza de una flor, o disfrutas de la sutileza del perfume de sus pétalos,  alguien te está diciendo «te quiero».

—Entonces, Menta ¿Cada piedra señala el lugar donde hay enterrados huesos? ¿Cómo sabes esas cosas? Eres más pequeña que yo.

—Sí, cada piedra indica el lugar del mensajero, el lugar donde se pasa de una forma de vida a otra. Y no te equivoques conmigo, cómo pudiste ver —y se señala con el dedo la entrepierna—ya hace tiempo que tengo pelo ahí. Soy más bajita que tú, pero mucho más vieja, quizás la persona más vieja que conozcas. Bueno, tampoco soy una persona, ¡qué lío! hace tanto tiempo que no hablo con nadie que me estoy olvidando de usar las palabras. Soy una especie de espíritu del bosque, eso que llamáis «duende», para que me entiendas.

—Los duendes solo existen en los cuentos para niños pequeños.

—Gran error, así hablan los adultos que han perdido el contacto con la tierra y los árboles. Hay muchas formas de existencia, más de las que la gente sospecha, no solo en la vida vegetal y animal, sino en muchas otras formas no manifestadas, que son solo mente y energía. Son el origen de las leyendas, espíritus del bosque e incluso monstruos que algunas personas sensibles ven, aunque no crean en lo que ven. Excepto los niños.

El bosque de los sueños – Susan Mielke

Notas: *Juego de palabras con otra denominación popular francesa que recibe el diente de león, «pissenlit» “mea camas”. Se utiliza como amenaza para que los niños no arranquen las flores y se manchen con el látex de los tallos.

(Fragmento de Dandelion)

Las tres ilustraciones utilizadas en esta entrada: Susan Mielke, para Pixabay.

Abisal

El muchacho, después de despedirse de su madre, se aleja de la ciudad corriendo, quiere estar lo más  lejos posible antes de que empiecen a escucharse los alaridos. Se cruza con gente, forasteros que vienen a divertirse y contemplar el espectáculo de «la rueda».

Obra de Cipriano, maestro cantero y sepulturero de la comarca, la inmensa lápida de piedra  había traído fama y popularidad a la pequeña ciudad de Abisal, famosa por sus jabones. Consistía en una gran losa cóncava de granito, un embudo de pendiente suave dividido en 4 partes por una acanaladura con forma de cruz, tallada en la piedra, del ancho de una azadilla. En el centro y en cada uno de los extremos cercanos al borde, un orificio cilíndrico y profundo  señalaba el emplazamiento de los postes. Cinco en total. Debajo del poste central una reja impedía la caída  de objetos voluminosos a un plato metálico de un metro de diametro, de cuyo centro partía un tubo de cobre inclinado que descendía hasta el borde de la rueda, y acababa en un caño con una manecilla de paso.

La grasa corporal, expuesta a las llamas, adquiría una consistencia más líquida e igual que un manantial, borboteaba bajo la piel formando grandes ampollas de piel quemada que se rajaban, abriendo el cuerpo, desnudando a las carnes convertidas en manantiales de un liquido amarillento con hilos de sangre. Todo ello mientras los condenados se retorcían, sacudían y aullaban de dolor. Esa era la fase en que se recogía la mejor grasa, justo antes de morir y antes de que las carnes quemadas y las cenizas ensuciaran tan preciado tesoro. Las acanaladuras recogían el siniestro fluído que avanzaba lentamente hasta el tubo de desagüe, reptando como serpientes grotescas, gusanos deformes y sanguinolentos. Junto al caño brillante, aguardaban las jaboneras a la espera del macabro  fluido. Media docena de mujeres vestidas de negro, cuervos de rostros afilados, oscuros y curtidos por el sol y el humo, caretas de cuero con ojos de cristal, mirada de muerta en vida…

—Quién lo diría, el primero en llegar ha sido Claudio el pastor,  el más magro de todos y sin embargo parece que las cabras no agotaron su reserva —graznó una —lanzando una risotada al tiempo que escupía un salivazo.

—Tenía para todas, incluso para su viejo mastín. No me extraña que la Santapía reparase en esos pecados contra natura en los que seguro participaba el propio Satanás —dijo otra.

Y al afluente de sebo se le unieron las lorzas de doña Brigida. Decían las malas lenguas que por no haber accedido a alzarse las faldas ante el prior, este en venganza reveló secretos de confesión que, debidamente manipulados, la hicieron pasar por cabecilla de un grupo herético. Y el castigo por herejía por todos era sabido, la purificación en las llamas.

Al aumentar el cauce con las mantecas de un vagabundo —un muerto de hambre acusado y sentenciado por robar una gallina y comérsela cruda «cosa de demonios»— la grasa se deslizó más rápidamente, de manera fluida y continua y las viejas urracas hambrientas se abalanzaron avarientas contra el caño, con los cuencos de madera de chopo en las manos para recoger aquel preciado sebo que convenientemente mezclado con cenizas y otro ingrediente secreto, producía un jabón excelente que había traído fama y popularidad a la pequeña ciudad de Abisal.

Las gárgolas enjutas, árboles esqueléticos y resecos, con los pies enraizados en la muerte pero aún agitando las ramas y graznando avarientas, esperaban más, miraban en la dirección del cuarto  poste,  faltaba la grasa de ella, la que curaba a los animales. Más viendo que no surgía nada de aquel rincón, extrañadas y temerosas, se alejaron gritando antes de que el frio solidificase en exceso la manteca recogida.

Se había acabado el espectáculo, la masa informe se fue alejando de la rueda desperdigándose por caminos y veredas en un silencio de plomo.

Únicamente comerciantes bien escoltados se aventuraban a cruzar aquellas tierras para comprar el jabón de Abisal. El temor a viajar desaparecía ante los sueños de enormes beneficios que dibujaba la avaricia,  el jabón valía su peso en oro. Y cruzaban con salvoconducto los peligrosísimos bosques que rodeaban la ciudad, observados por los matones y criminales al servicio de la Santapía y del alcalde. Los mismos que secuestraban «voluntarios» para la siniestra producción. El negocio requería materia prima de forma continua, pobres los infelices, ya fuesen hombres o mujeres, cuyo destino se cruzaba con ellos: eran golpeados con saña hasta dejarlos malheridos,  con la bocas destrozadas para que no pudiesen hablar ni defenderse, se les acusaba y condenaba a la hoguera sin juicio y sin piedad alguna.

Abisal daba miedo a los peregrinos y viajeros, la comenzaban a llamar Abisal La oscura. El humo de las cremaciones había tiznado y manchado las piedras del campanario de la iglesia y los edificios cercanos,  y posteriormente el hollín en suspensión caía espolvoreando casas, calles y árboles de la ciudad  convertido en una delgada capa de fina azúcar quemada, persistente y pegadiza como los excrementos de la mosca negra. Raro era ver a persona noble o plebeya que fuese con la vestimenta limpia por la calle, que no se hubiese rozado a lo largo del día con aquella resina maldita.

«La oscura» no se refería a la suciedad, por mucho que el apodo fuese justificado, se refería al alma de la ciudad, a sus abominables pobladores, sedientos de horror y sufrimiento. Era una ciudad de demonios bendecidos, un árbol negro que hundía las raíces en el infierno, alimentado con la sangre y las lágrimas de los inocentes.

La  especialidad era el jabón de rosas y el de jazmín. Productos muy demandados de los que obtenían unas buenas monedas ya que, los condenados al  haber sido perdonados y bendecidos por un jerarca de la Santapía, adquirían el rango de «limpios de espíritu y exentos de pecado», antes de ser quemados vivos para purificar las pecaminosas carnes que precisaban de las llamas. Con su paso por el fuego las reliquias devenían sacras y puras también.  Se afirmaba que el jabón de Abisal limpiaba la piel de impurezas y protegía de los vicios de la lujuria.

(Fragmento de Dandelion)

Donde el bosque no abandona la noche

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Estaba oscureciendo, el aire arreciaba y levantaba nubes grises de los cuatro montículos, siniestros restos de las  hogueras donde habían ardido, atados a  postes, los condenados a morir. De ello hacía tan solo unas horas. Uno de aquellos cúmulos, el más cercano a la fuente,  correspondía a su madre. El muchacho se acercó a los residuos de la pira, no tenía calzado, sus pies desnudos acogieron con agrado el tibio calor de las cenizas, tuvo precaución de no pisar ninguna brasa en las que el viento despertaba ojos de color rubí. Se acercó al lugar donde se había consumido la que le dio la vida, le costaba aceptar que allí estuviese ella, más bien aquella ceniza blanca e impoluta le recordaba algo tan inocente como un montón de nieve recién caída. 

—No vuelvas hasta el anochecer cuando ya todo haya pasado. Voy a estar bien, hijo mío —le dijo.

Nunca más volvió a verla.

 Se enjuga una lágrima que le recorre la mejilla con el dorso de la mano y trata de sobreponerse concentrándose. Rebusca con un palo de avellano, dando giros lentos en espiral, poniendo el oído y el tacto en estado de alerta ante cualquier posible resto sólido, y no tarda en localizar entre la plumosa ceniza,  tres falanges, delgadas, pequeñas y blancas.  El olor de nieve regresa, es un aviso,  guarda con premura  los huesecillos en un bolsillo y se marcha del lugar.

El viento incrementa su furia, ráfagas violentas que golpean y desmenuzan los conos de cenizas, arrastrándolas y elevándolas, convertidas en una bandada de cuervos grises que se funden contra un cielo plomizo.

En la seguridad del bosque, bajo un saliente pétreo que considera su refugio, se sienta en una roca, toma la falange más fina, la machaca entre dos piedras, recoge el polvillo restante con una hoja de higuera, la mezcla con agua y un puñado de limo arcilloso, fino y blanquecino, amasándola hasta conseguir una consistencia firme. La divide en dos bolitas del tamaño de una nuez que coge con las puntas de los dedos y con  ellas traza una franja horizontal desde debajo de los ojos hasta las orejas, el río de lágrimas, el recuerdo de su dolor. Se limpia los dedos de los restos sobrantes de la pintura, los vuelve a amasar, obtiene una avellana y se la come.

 El espíritu de su madre, del clan, ahora forma parte de él. Los huesos habían acogido la carne y sostenido el cuerpo, aquel cuerpo que era la antítesis de la muerte. Joven y activa, le encantaba saltar, bailar, subir a los árboles, siempre con una sonrisa, en los labios. Su larga melena rubia la movía el viento convirtiéndola en una capa dorada. La recuerda recogiendo moras en el bosque, los dedos teñidos de rojo, dibujando signos desconocidos en las rocas,  buscando truchas bajo las piedras del rio, jugando al escondite entre risas y gritos de sorpresa, revolcándose y rodando por las laderas de los prados tapizados de flores —de estrellas azules de la genciana nada más desaparecer la nieve a finales de invierno, o en campos de soles diminutos y intensamente amarillos, a comienzos de la primavera— dandelion (diente de león)como ella los llamaba con ese acento  nasal que hablaba de sus orígenes franceses, florecillas que en ocasiones entrelazaba con el tallo de alguna gramínea adornando su cabello.

Y las lágrimas, ahora libres, se deslizan sobre las mejillas, abriendo surcos en la franja blanca. Su madre ya no está, pero aquellos brazos y aquellas manos que tanto amor y caricias le dieron seguirán emitiendo su cariño dentro de él. Toma la determinación de llamarse Dandelion a partir de ese momento. Es un nombre que evoca el poder y fuerza del león,  intuye que la va a necesitar.

Tiene quince años y lleva dos días sin comer satisfactoriamente, solo bayas.  Encamina sus pasos en  la dirección que va al norte, al sitio prohibido, al lugar donde el bosque no abandona la noche.

(Fragmentos de Dandelion)

El nacimiento de Tunmo

Recuerdos IV

Sí, ya lo he repetido en muchas ocasiones, se está convirtiendo en una especie de estribillo:  «No he viajado nunca a  Escocia ¡sha la la la, oh oh oh!». Nadie me lo ha contado, ni yo he investigado por mi cuenta, simplemente lo sé…esa historia apareció en mi mente, igual que aparecen los pensamientos sin orden ni control, ni agenda. ¿Qué pensaré de aquí treinta segundos? No se puede prever, es una imposibilidad absoluta. Estaba en el aire, igual que un perfume arrastrado por el viento, yo simplemente he recibido la impresión, el recuerdo que ha convocado el aroma. Y por eso sé lo que ocurrió.

 Iremi, la sirena, llegó al lago después de remontar el río y desviarse por el arroyo que provenía de las aguas sobrantes de la laguna. Allí, agotada, se recostó contra un viejo tejo cercano a la orilla, anciano pero vigoroso, con oscuras acículas que contrastaban con infinidad de frutos rojos. Cogió un puñado de arilos y comió la carnosa pulpa, la única parte comestible del tóxico árbol, recostada la cabeza contra el tronco miraba al sol deslizarse entre el follaje. Un brillo de algo oculto entre las hojas la hizo incorporar, curiosa, y extender la mano para ver lo que era.Tocó un objeto frio pero sólidamente encajado en una de las ramas, forcejeó con el mismo tirando fuertemente para extraerlo, pero tuvo que desistir. Apartó las ramas para ver mejor y observó que era un brazalete abierto, roto por la fuerza imponente del crecimiento y engrosamiento de aquel vástago. Reconoció el tono rojizo del cobre en las partes no cubiertas por la verde pátina del  paso de los años. Era antiguo, muy antiguo, el cobre había sido sustituido por el bronce en tiempos remotos, cuando ella era joven, y supuso que el árbol tenía su misma edad. Imaginó lo ocurrido, un objeto enterrado bajo tierra había sido empujado hacia la superficie ensartado en un tallo nudoso que se abría paso hacia el cielo.

Lo intentó nuevamente, asió los dos extremos del brazalete y utilizando toda su fuerza los separó ya convertidos en una simple cinta de metal con grabados misteriosos que ella no supo reconocer. Se acercó a la orilla, introdujo la mano derecha en el agua, acariciándola, mientras con la otra sostenía la pulsera. Las aguas se agitaron y oscurecieron alrededor de su mano, la retiró y de inmediato desaparecieron las ondas, convertida la superficie en un espejo negro y brillante como los ojos inocentes de un cervatillo. Y su visión fue atraída por aquella negritud magnética donde comenzaron a aparecer imágenes. No podía oir lo que decían, pero el agua sí lo sabía y se lo susurraba.

Asintió con la cabeza en un gesto de pesadumbre y comprensión mientras una lágrima furtiva caía al agua, ella también había conocido el amor y el odio. La historia se repetía, una vez más, la oposición al amor de dos jóvenes  cuyas tribus, rivales, no permitían su relación, él orcadiano, ella picta. Pese a ello continuaron viéndose en secreto, pero fueron descubiertos y considerados traidores, insultados y humillados por renunciar a su linaje a cambio de una persona que no era de los suyos. Hasta que finalmente fueron castigados y privados de libertad, prisioneros de los prejuicios. El cuerpo de ella languidecía, pero su corazón estaba junto a él, viviendo en su confinamiento la ilusión que la vida les negaba. Él, burló su encierro y escapó en una noche sin luna, presto a rescatarla y huir juntos, pero una flecha de un centinela lo abatió en la oscuridad a las puertas del poblado de su amada. Ella se quitó la vida con una daga. Ni siquiera ese acto de amor desesperado conmovió a las familias y despertó la piedad.

Los  clanes cegados por férreas tradiciones únicamente vieron que, pese a las muertes, ambos habían desobedecido la voluntad de los ancianos, y su comportamiento les avergonzaba y ofendía.  Se reunieron,  una embajada de cada etnia,  y acordaron sepultarlos en un territorio en los confines de sus naciones, una tierra de nadie. Y allí, junto a un lago solitario, en un promontorio denominado La roca de la soledad, se cavó una fosa común para los dos amantes. Depositaron sus cadáveres  muy cerca el uno del otro pero sin poder tocarse,  condenados a verse pero no a estar juntos, esa fue la cruel condena que se les impuso. Ella era noble, se le permitió conservar el brazalete de cobre para entregarlo a los dioses en el más allá y no provocar su ira, pues los dioses de entonces eran avariciosos y mezquinos como los hombres. Y sus cuerpos se clavaron al suelo con una estaca de tejo en el pecho  para evitar su reencuentro en el otro mundo.

Pero pasados dos años lo que los hombres trataron de impedir lo consiguió un árbol no nacido.

Entwined by Keo Fox

Nunca he viajado a Escocia

Recuerdos III

Nunca he viajado a Escocia, de ello tengo la certeza absoluta, no sufro de amnesia, pero he estado allí en sueños. Ni siquiera sé si tengo el mismo aspecto, la misma cara de mi identidad actual ya que en las ensoñaciones nunca nos vemos el rostro, somos únicamente visión. ¿En qué medida un sueño es real o imaginado? No lo sé, pero surge de algún lugar en mí, para mí, una sesión de cine privada, y se disuelven las imágenes en mí, en la oscuridad del sueño profundo. Se acaba la proyección y se apagan las luces.

Cuando escribí La sirena, la situaba en Escocia, al norte del Muro de Adriano ¿Por qué allí? Las sirenas son más del Egeo, del tibio mar Mediterráneo, me decía, pero perseveró el norte, y allí sucedió todo. Incluso lo que no he contado hasta ahora. El árbol ya estaba allí, el anciano tejo sin edad, el testigo y la prueba de la veracidad de esta historia.

En el año 410, cuando los sajones comenzaban a invadir Britannia y los romanos se replegaban hacia el sur,  un acontecimiento había causado gran consternación en Eboracum, la capital de la Britannia romana, incluso llegó el eco a la misma Roma. Un destacamento militar al mando de un oficial y clérigo guerrero, Lucius, que posiblemente hubiese sido nombrado obispo a su regreso a Roma, desapareció misteriosamente junto a un lago. En las crónicas monacales  se hace referencia a una masacre  provocada por una emboscada picta, aunque tal hecho jamás pudo verificarse ya que nunca aparecieron los cuerpos. Pero en cambio, en la tradición oral, la forma habitual de transmisión de conocimiento entre los antiguos pobladores, se habla de una leyenda,  una  Maighdean na tuinne, una doncella de las olas, una sirena, prisionera y torturada por los romanos, que halló consuelo junto a un árbol, su único amigo,  abrazándose a él antes de morir. Y las aguas lloraron, rugieron y alzaron su voz en un canto de destrucción engullendo a todos los hombres de armas, concluye la leyenda. Únicamente se salvaron los prisioneros que habían sido encadenados por los soldados. 

John William Waterhouse – La sirena

Fue a partir de ese momento cuando comenzaron a aparecer ofrendas a los pies del viejo tejo por parte de los supervivientes y peregrinos. Se había convertido en un lugar sagrado. Desde entonces existe La leyenda del Lago del Tejo. Hay que entender que no solo el tejo, todos los árboles tenían un profundo significado en el pasado, forman parte de un vinculo sagrado con los elementos. No son únicamente creencias,  sus raíces se hunden no solo en la tierra, sino  más adentro aún,  en los genes. El tejo además representa al ciclo eterno de vida y muerte, la eternidad. La esfera de la manifestación,  la rueda de la vida, raíces que se entrelazan con las ramas de los árboles sin principio ni fin, el yin y el yang. El cielo y la tierra son los primeros dioses, el padre y la madre, el árbol comunica ambos mundos, algunos lo llaman el hijo ya que se nutre de la luz a través de las hojas y de la oscuridad mediante las raíces.

Tejo by jhenning – Pixabay

Era todo demasiado idílico, demasiado bello, ya sabemos que lo positivo ejerce un poder de atracción perversa para lo negativo. Si vis pacem para bellum, si quieres paz prepárate para la guerra, y así fue, los conflictos no tardaron en llegar.

En el año 664 en el sínodo de Whitby se trataron de limar las diferencias surgidas entre las prácticas religiosas de la Iglesia celta y la Iglesia católica de Roma, en Northumbria y Escocia. Se unificaron los criterios imponiéndose  las teorías de la Iglesia Romana. Como consecuencia de aquello se eliminaron algunas concesiones que se habían hecho a una cierta teogonía pagana que coexistía con los santos católicos. Se quería extirpar todo rastro de religión que no fuese la oficial, y sus practicantes al igual que sus lugares sagrados, fueron perseguidos.

A orillas del lago,  alrededor del tronco del viejo tejo los peregrinos depositaban ofrendas de comida y hidromiel; de sus ramas bajas colgaban gavillas de cereales, manojos de bayas de serbal y flores atadas con hilos rojos, similar a lo que serían los adornos navideños hoy día. Era un lugar santo. El tejo del abrazo, se llamaba en aquella época ya que, después de agasajar al árbol con los regalos, la gente lo abrazaba antes de partir.  Era tradición pedirle y llevarse una ramita del mismo como recuerdo del viaje: «Anciano, dame madera tuya y yo te daré algo de la mía cuando sea un árbol».  

Tanta pagana veneración no pasó desapercibida y en una noche sin luna unos desconocidos lo rodearon de heno y leños, lo empaparon de aceite y le prendieron fuego. Estuvo ardiendo dos días y dos noches, su densa madera no quemaba fácilmente, al tercer día una tormenta apagó las llamas. Aunque el tejo ya estaba muerto se sostuvo en pie unas décadas más hasta que los elementos  y los insectos lo acabaron derribando. 

Nomeolvides

Este es un fragmento de un cuento que en breve espero concluir. Dedicado a todas y a todos los que aman las flores y sus secretos.

Nomeolvides – Foto de Skyler Ewing: https://www.pexels.com/

«… los huesos nunca mueren, al igual que las estrellas, los minerales que los componen continúan actuando como mensajeros del espíritu que partió, en contacto con el clan. Pero, hay otro proceso, la parte orgánica del hueso se convierte en vegetal, nutrirá a los hombres después de haberlos amado a través de la fertilidad en las cosechas. Carne y hueso se convierten en madera al morir. Los troncos de los árboles traen las voces de los huesos que viven entre las rocas de la tierra, las ramas y las hojas transforman  las voces en flores y semillas que transporta el viento, las aves y los insectos. Cada vez que te detienes a contemplar la belleza de una flor, o disfrutas de la sutileza del perfume de sus pétalos,  alguien te está diciendo «te quiero».

Fragmento de Dandelion. (Próximamente)