Donde el bosque no abandona la noche

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Estaba oscureciendo, el aire arreciaba y levantaba nubes grises de los cuatro montículos, siniestros restos de las  hogueras donde habían ardido, atados a  postes, los condenados a morir. De ello hacía tan solo unas horas. Uno de aquellos cúmulos, el más cercano a la fuente,  correspondía a su madre. El muchacho se acercó a los residuos de la pira, no tenía calzado, sus pies desnudos acogieron con agrado el tibio calor de las cenizas, tuvo precaución de no pisar ninguna brasa en las que el viento despertaba ojos de color rubí. Se acercó al lugar donde se había consumido la que le dio la vida, le costaba aceptar que allí estuviese ella, más bien aquella ceniza blanca e impoluta le recordaba algo tan inocente como un montón de nieve recién caída. 

—No vuelvas hasta el anochecer cuando ya todo haya pasado. Voy a estar bien, hijo mío —le dijo.

Nunca más volvió a verla.

 Se enjuga una lágrima que le recorre la mejilla con el dorso de la mano y trata de sobreponerse concentrándose. Rebusca con un palo de avellano, dando giros lentos en espiral, poniendo el oído y el tacto en estado de alerta ante cualquier posible resto sólido, y no tarda en localizar entre la plumosa ceniza,  tres falanges, delgadas, pequeñas y blancas.  El olor de nieve regresa, es un aviso,  guarda con premura  los huesecillos en un bolsillo y se marcha del lugar.

El viento incrementa su furia, ráfagas violentas que golpean y desmenuzan los conos de cenizas, arrastrándolas y elevándolas, convertidas en una bandada de cuervos grises que se funden contra un cielo plomizo.

En la seguridad del bosque, bajo un saliente pétreo que considera su refugio, se sienta en una roca, toma la falange más fina, la machaca entre dos piedras, recoge el polvillo restante con una hoja de higuera, la mezcla con agua y un puñado de limo arcilloso, fino y blanquecino, amasándola hasta conseguir una consistencia firme. La divide en dos bolitas del tamaño de una nuez que coge con las puntas de los dedos y con  ellas traza una franja horizontal desde debajo de los ojos hasta las orejas, el río de lágrimas, el recuerdo de su dolor. Se limpia los dedos de los restos sobrantes de la pintura, los vuelve a amasar, obtiene una avellana y se la come.

 El espíritu de su madre, del clan, ahora forma parte de él. Los huesos habían acogido la carne y sostenido el cuerpo, aquel cuerpo que era la antítesis de la muerte. Joven y activa, le encantaba saltar, bailar, subir a los árboles, siempre con una sonrisa, en los labios. Su larga melena rubia la movía el viento convirtiéndola en una capa dorada. La recuerda recogiendo moras en el bosque, los dedos teñidos de rojo, dibujando signos desconocidos en las rocas,  buscando truchas bajo las piedras del rio, jugando al escondite entre risas y gritos de sorpresa, revolcándose y rodando por las laderas de los prados tapizados de flores —de estrellas azules de la genciana nada más desaparecer la nieve a finales de invierno, o en campos de soles diminutos y intensamente amarillos, a comienzos de la primavera— dandelion (diente de león)como ella los llamaba con ese acento  nasal que hablaba de sus orígenes franceses, florecillas que en ocasiones entrelazaba con el tallo de alguna gramínea adornando su cabello.

Y las lágrimas, ahora libres, se deslizan sobre las mejillas, abriendo surcos en la franja blanca. Su madre ya no está, pero aquellos brazos y aquellas manos que tanto amor y caricias le dieron seguirán emitiendo su cariño dentro de él. Toma la determinación de llamarse Dandelion a partir de ese momento. Es un nombre que evoca el poder y fuerza del león,  intuye que la va a necesitar.

Tiene quince años y lleva dos días sin comer satisfactoriamente, solo bayas.  Encamina sus pasos en  la dirección que va al norte, al sitio prohibido, al lugar donde el bosque no abandona la noche.

(Fragmentos de Dandelion)

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