El nacimiento de Tunmo

Recuerdos IV

Sí, ya lo he repetido en muchas ocasiones, se está convirtiendo en una especie de estribillo:  «No he viajado nunca a  Escocia ¡sha la la la, oh oh oh!». Nadie me lo ha contado, ni yo he investigado por mi cuenta, simplemente lo sé…esa historia apareció en mi mente, igual que aparecen los pensamientos sin orden ni control, ni agenda. ¿Qué pensaré de aquí treinta segundos? No se puede prever, es una imposibilidad absoluta. Estaba en el aire, igual que un perfume arrastrado por el viento, yo simplemente he recibido la impresión, el recuerdo que ha convocado el aroma. Y por eso sé lo que ocurrió.

 Iremi, la sirena, llegó al lago después de remontar el río y desviarse por el arroyo que provenía de las aguas sobrantes de la laguna. Allí, agotada, se recostó contra un viejo tejo cercano a la orilla, anciano pero vigoroso, con oscuras acículas que contrastaban con infinidad de frutos rojos. Cogió un puñado de arilos y comió la carnosa pulpa, la única parte comestible del tóxico árbol, recostada la cabeza contra el tronco miraba al sol deslizarse entre el follaje. Un brillo de algo oculto entre las hojas la hizo incorporar, curiosa, y extender la mano para ver lo que era.Tocó un objeto frio pero sólidamente encajado en una de las ramas, forcejeó con el mismo tirando fuertemente para extraerlo, pero tuvo que desistir. Apartó las ramas para ver mejor y observó que era un brazalete abierto, roto por la fuerza imponente del crecimiento y engrosamiento de aquel vástago. Reconoció el tono rojizo del cobre en las partes no cubiertas por la verde pátina del  paso de los años. Era antiguo, muy antiguo, el cobre había sido sustituido por el bronce en tiempos remotos, cuando ella era joven, y supuso que el árbol tenía su misma edad. Imaginó lo ocurrido, un objeto enterrado bajo tierra había sido empujado hacia la superficie ensartado en un tallo nudoso que se abría paso hacia el cielo.

Lo intentó nuevamente, asió los dos extremos del brazalete y utilizando toda su fuerza los separó ya convertidos en una simple cinta de metal con grabados misteriosos que ella no supo reconocer. Se acercó a la orilla, introdujo la mano derecha en el agua, acariciándola, mientras con la otra sostenía la pulsera. Las aguas se agitaron y oscurecieron alrededor de su mano, la retiró y de inmediato desaparecieron las ondas, convertida la superficie en un espejo negro y brillante como los ojos inocentes de un cervatillo. Y su visión fue atraída por aquella negritud magnética donde comenzaron a aparecer imágenes. No podía oir lo que decían, pero el agua sí lo sabía y se lo susurraba.

Asintió con la cabeza en un gesto de pesadumbre y comprensión mientras una lágrima furtiva caía al agua, ella también había conocido el amor y el odio. La historia se repetía, una vez más, la oposición al amor de dos jóvenes  cuyas tribus, rivales, no permitían su relación, él orcadiano, ella picta. Pese a ello continuaron viéndose en secreto, pero fueron descubiertos y considerados traidores, insultados y humillados por renunciar a su linaje a cambio de una persona que no era de los suyos. Hasta que finalmente fueron castigados y privados de libertad, prisioneros de los prejuicios. El cuerpo de ella languidecía, pero su corazón estaba junto a él, viviendo en su confinamiento la ilusión que la vida les negaba. Él, burló su encierro y escapó en una noche sin luna, presto a rescatarla y huir juntos, pero una flecha de un centinela lo abatió en la oscuridad a las puertas del poblado de su amada. Ella se quitó la vida con una daga. Ni siquiera ese acto de amor desesperado conmovió a las familias y despertó la piedad.

Los  clanes cegados por férreas tradiciones únicamente vieron que, pese a las muertes, ambos habían desobedecido la voluntad de los ancianos, y su comportamiento les avergonzaba y ofendía.  Se reunieron,  una embajada de cada etnia,  y acordaron sepultarlos en un territorio en los confines de sus naciones, una tierra de nadie. Y allí, junto a un lago solitario, en un promontorio denominado La roca de la soledad, se cavó una fosa común para los dos amantes. Depositaron sus cadáveres  muy cerca el uno del otro pero sin poder tocarse,  condenados a verse pero no a estar juntos, esa fue la cruel condena que se les impuso. Ella era noble, se le permitió conservar el brazalete de cobre para entregarlo a los dioses en el más allá y no provocar su ira, pues los dioses de entonces eran avariciosos y mezquinos como los hombres. Y sus cuerpos se clavaron al suelo con una estaca de tejo en el pecho  para evitar su reencuentro en el otro mundo.

Pero pasados dos años lo que los hombres trataron de impedir lo consiguió un árbol no nacido.

Entwined by Keo Fox

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s