Hambre – (Final)

Foto de Norma Mortenson: https://www.pexels.com

—Sí, hace días que no jugamos ni le trae presas a las teresas.

—No las llames así, como a tu abuela, con lo tierna y gentil que era  —le dice, mientras sonríe pensativa. Si Lucas supiera…Como tampoco lo sabían aquellos dos caucheros desalmados que intentaron abusar de ella en un claro de la selva, cuando apenas había dejado de ser  niña. Ella tenía un cuchillo de caza y sabía usarlo; el escándalo de los monos aulladores ahogó los gritos de sorpresa y dolor, los depredadores se convirtieron en víctimas. La implacable ley de la selva, matar o morir, no había sitio para la piedad. Las autoridades preguntaron por ellos al no presentarse a trabajar, puro formulismo, dedujeron que se habrían ido a Brasil en busca de fortuna y carne joven.

—Menos mal que ahora hay muchos saltamontes y puedo abastecerlas sin ayuda, están engordando y creciendo mucho. ¿Sabes, mamá? En estado salvaje, en ocasiones, también cazan pajarillos y murciélagos, son muy listas —añade el niño.

—Por favor, Lucas, ya sabes que no me gustan ese tipo de detalles. Devorados mientras están vivos ¡qué horror!

—Pero no sufren, no se enteran de nada, porque comienzan por la cabeza —le responde.

—¡Cállate ya!

Y estalla en un sollozo mientras se cubre los ojos con las manos. No por lo que ha dicho él, sino porque una sospecha  está germinando como una semilla en el humus oscuro de su mente: «los caucheros a menudo se iban a Brasil en busca de carne joven». Tuvo una certeza, podía pasar a la inversa, imagina  telones de densa vegetación abrirse y  emerger de las sombras dos ojos verdes y una melena afro en un rostro perfecto, del color del chocolate belga, seguido por un cuerpo ágil, sensual, de movimientos felinos, avanzando con las pupilas fijas en un punto, en una presa. Pasa a su lado sin fijarse en ella.  ¡Dominique! la brasileña enviada por la multinacional norteamericana interesada en adquirir y comercializar las ideas de su esposo.

Pilar se levanta, Lucas hace lo mismo y recogen los enseres de la mesa. Mientras ella coloca los cubiertos en el lavavajillas él sale fuera, extiende la mano y coge la red, las mantis parecen seguir sus pasos con mucha atención. Atrapa una mariposa esfinge con la calavera bien definida, espectral y terrorífica, y cuando se dirige al terrario ve un ciempiés de color vinagre, alargado y grueso como un lápiz, avanzando por el suelo, un adversario temible de dolorosa mordedura. Deja la red contra el suelo, saca un pañuelo de papel del bolsillo, lo dobla para evitar que las mandíbulas lo atraviesen y coge al miriápodo con precaución y repugnancia, ellos sí que son asquerosos. Levanta la trampilla del recinto y lo deja caer. El animal corre rápido por el suelo arenoso, sube y desciende de las rocas y  inspecciona los puentes y túneles que crean los troncos secos y huecos del paisaje. Está siendo observado y estudiado, ahora y desde hace millones de años siguen siendo enemigos. Afortunadamente —piensa— la mayoría de insectos no son de gran tamaño, un escobazo o un bastonazo y acabas con ellos, si hubiesen sido grandes, la cosa hubiese cambiado, igual los mamíferos no habrían existido, ni los dinosaurios…

La gárgola en miniatura no se mueve, una protuberancia más en la rama seca, la cabeza gira 160º, lentamente. De improviso una flecha arponada se  dispara y alcanza al ciempiés por el cuello, se retuerce y colea tratando de zafarse de las tenazas, pero Midori ya lo está saboreando, el gladiador no ha tenido una sola oportunidad.

Deja suelta a la esfinge en la jaula de cristal,  mientras Midori continua con su festín, revolotea por las paredes transparentes hacia la luz de los farolillos, pero no puede, unas pinzas semejantes a paja seca tiran de ella en dirección contraria.

Después de alimentar a la pareja, con una cucharilla de mango largo extrae élitros, trozos de alas, patas, excrementos y restos no comestibles. Deja la cucharilla dentro del terrario, sobresaliendo por la puerta, mientras busca el cubo de residuos. Recoge los restos apresuradamente, se cuelga su macuto caqui y se va a «la cabaña», un taller tras la vivienda donde su padre labora  cuando se trae trabajo a casa. Hoy  no está y él puede desarrollar su faceta de investigador libremente. Es un estudio diminuto, las paredes están cubiertas de estanterías donde se acumulan libros y carpetas. En el centro del habitáculo una mesa de trabajo, con un ordenador, una impresora, un bote de lápices y más dosieres.  Sobre un banco de trabajo situado bajo  la ventana, al lado del fregadero, un grupo de plantas se orientan al sol, junto a ellas una regadera roja y dos botes de abono líquido. En una estantería cercana localiza tres dispositivos, son la versión definitiva, lee en la caja: VLD Vivaldi Leaf Device, los mismos que saldrán a la venta.

Se acerca al banco, mueve una maceta para hacerse sitio, saca del macuto un traductor multilingüe, una placa base conectada a un disco duro, un smartphone y un EEG Path, un pequeño electroencefalógrafo portátil que recoge datos de las fluctuaciones cerebrales. Su padre lo había desechado pero él le hizo unos ajustes y le dio nueva vida. Hace tiempo que toma notas, y se fija mucho, como las mantis. Es la sombra reducida de su padre.  

Conecta el VLD al equipamiento que ha traído, mientras consulta notas. Coloca dos electrodos en sendas hojas de la planta seleccionada, un ficus enano,  alarga las pinzas y justo en ese momento se corta la luz. Enciende su móvil, una luz tenue ilumina débilmente la planta, alarga la mano con la pinza y trata de sujetarla a un tallo. ¡Vaya! No se abren lo suficiente o la ramita es muy gruesa, resopla, el móvil se apaga sin batería. Forcejea con la pinza en la oscuridad hasta que comprueba que ha quedado firmemente cogida y espera no haber roto la hoja.

— ¡Lucas, ven inmediatamente! —grita su madre. Por el tono y el volumen es una urgencia de primera categoría. Cierra precipitadamente la cabaña y acelera el paso.

Nada más verlo reanuda los gritos, histérica, con una linterna en la mano.

—¡No te dije que tuvieses cuidado, mira, miraaaa lo que ha pasado! —exclama señalando al terrario y la puertecilla entreabierta —Se ha escapado una y para colmo se ha ido la luz.

El corazón le da un vuelco a Lucas y se le acelera, un calor ardiente le quema el rostro. ¡Midori ha desaparecido!

La buscaron infructuosamente durante dos horas, ella armada con la escoba, entre las plantas, mesa y sillas de la terraza, él con una linterna perforando la oscuridad de los alrededores de la vivienda. La negrura  de la noche era infinita y sólida, llena de peligros para todos los seres vivos, especialmente los más diminutos. Desistieron. Volvió la luz.

Saltó de la cama apenas despuntó el día. Corrió hacia el habitáculo de las mantis. Midori era lista, igual había vuelto y estaba sobre el techo o dejándose mecer por el viento subida a un tallo de geranio. Pero no, no estaba, miró por los alrededores sin verla. Entonces recordó la cabaña, su padre regresaría para la hora de comer, debía recoger sus cosas y dejarlo todo tal y como estaba.

Los pilotos rojos y verdes  de su centralita parpadeaban, fue desconectando el equipo,  vio que se había generado un fichero con una extensión desconocida, ignoraba si era de datos o audio. Ya lo descubriría. Al quitar las pinzas vio un pequeño movimiento tras el tallo, extendió la mano y la cogió con delicadeza, era Midori. Mimetizada con el color de la hoja no la había visto con el apagón y  las tenacillas habían aprisionado una de las patas traseras junto al tallo, al tener la superficie lisa no le había producido daño alguno. Anoche debió subirse a su ropa en un descuido, cuando se dirigía a la cabaña.

Su padre llamó a media mañana. Vendría a la hora de comer con una invitada, la Srta. Dominique Lacroix, de Inmaterial Sound Project, la multinacional interesada en adquirir el dispositivo desarrollado por Carlos.

Pilar, desde que tuvo noticia de la invitación, no dejaba de moverse nerviosamente en la cocina, yendo desde la nevera y la despensa a la mesa una y otra vez,  preparando una  comida abundante y exquisita. Lo cortés no quita lo valiente, era hospitalaria. Tal era la excitación que no se daba cuenta de que hablaba a solas:

—Eso sí que no pienso tolerarlo, no solo me engaña sino que además la va a meter dentro de casa, un caballo de Troya para destruir nuestra relación, nuestra familia. Él no tiene carácter para los negocios, y menos sabe lidiar con una mujer atractiva y peligrosa. La tipa lo habrá enfocado con los pechos voluminosos y operados, él no habrá levantado la mirada del canalillo, hipnotizado, y se olvidará de todas las promesas que le hizo al sacerdote. Hasta que la muerte nos separe, ja, ja, ja. —y continuó:

—Y además brasileña, con la fama que tienen de roba maridos, no sé en que estaba pensando Carlos para invitarla aquí. Seguramente se imagina el tanga o el trasero directamente sin tanga, claro qué,  con pantalones negros de cuero ajustados no queda mucho sitio para la imaginación, es contemplación.  O igual la trae para compararme con ella, evaluar a la candidata nueva y descartar a la vieja, regodeándose. Aunque ya le advierto, no es oro todo lo que reluce, no soy una miss, pero no creo que en ese aspecto, el sexual, tenga queja de mí. Ni yo tengo de él, estoy bien servida. Sí, es que finalmente toda la vida se reduce a eso, fricción y intercambio de energía.

Lucas examina el archivo grabado. El ordenador  le ha asignado una aplicación válida para poder acceder al contenido. La ejecuta. Se oye un ruido de nieve, espera unos instantes, y  surge del sonido blanco una voz que no está hecha de palabras, un fractal de una foto hecha no de imágenes sino de sensaciones, un collage de recortes emocionales, datos analizados convertidos en evocaciones de músicas que fusionadas han creado un momento temporal único. Lo que Lucas está escuchando es el tono inconfundible de una canción de cuna. La planta está de alguna manera cantando a Midori, para que se tranquilice y sosiegue al haber quedado atrapada su pata, como haría una madre con su hijo. Su padre alucinará cuando lo sepa.

El recuerdo de la mantis lo lleva a inspeccionar el terrario y comprobar  que todo está bien. Midori  en la parte más alta de una raíz de parra  asemeja una monja rezando, inmóvil, en profunda meditación. Sutoro en cambio está más activo, se mueve lentamente, con firmeza y cautela, acercándose al enclave de ella pero sin sobrepasar una frontera invisible. Lucas sabe que ello es debido a las feromonas, aromas que como cantos de sirena atraen a los marinos mántidos hacia las rocas. Sabe que es peligroso para Sutoro acercarse, especialmente si ella está hambrienta. Es por ello que dedica más tiempo a la búsqueda y captura de todo tipo de bichejos para alimentarlos y poder aplicar el dicho: “Bien mangé, bien content” (Bien alimentado, bien contento).

Suena dos veces el claxon, ha llegado Carlos con la invitada. Pilar se quita y cuelga el delantal tras la puerta de la cocina, se pasa la mano por la cara para apartar un mechón inexistente sobre los ojos, respira profundamente dos veces y sale al porche.

Su marido está abriendo la puerta a la pasajera y tendiendo una mano. Un bastón se apoya en la grava, una mano acepta el apoyo que se le brinda y una señora entrada en años, ni gorda ni flaca,  con el pelo platino, chaqueta y pantalón rojos sale del auto. Pilar respira aliviada «pero si es de la edad de Meryl Streep» es el primer pensamiento que le aparece en mente nada más verla. Se desactivan los sistemas de defensa. Se saludan y besan tras las presentaciones. Dominique es una señora encantadora, sonriente, culta y educada. Pilar maldice, para sus adentros, los malos ratos que le hace pasar su imaginación o, lo más probable, sus hormonas alteradas, se acerca el período.

—¡Ven Lucas! —grita Carlos, al ver salir al niño tras un arbusto. Giran la mirada en aquella dirección.

Se acerca y saluda. Lleva la red en una mano y una caja de zapatos en la otra, con varios botes de cristal  donde se agitan, saltan y revolotean diversos insectos.

—Así que tú eres Lucas, especialista en mantis ¿Me las dejas ver? —le dice la señora del cabello blanco. Y añade —yo también tuve una pareja cuando era pequeña como tú.

El niño la mira con asombro y con un gesto de la cabeza indica que lo siga. Sus padres se unen a la comitiva.

—Es para que no se coma a Sutoro cuando se apareen —explica Lucas, mientras caminan.

—No se lo tiene que comer necesariamente, solo si tiene mucha hambre. Y no lo hace porque sea mala, ni porque disfrute devorándolo, es como llenar la despensa de víveres para asegurar el nacimiento y supervivencia de las futuras crías —le responde la brasileña.

— ¿Tú crees que no pasará nada? —inquiere él.

—Ahora lo sabremos, mira —le dice ella, señalando el interior del terrario.

Las dos mantis están abrazadas, Sutoro sobre el dorso de ella se ve pequeño. Sus antenas están en contacto, el abdomen y los genitales también.

Tras un largo rato fusionados, los dos insectos se separan. Ha pasado el peligro para el macho. Lucas arroja dentro dos chicharras, por si acaso.

—Si se  hubiese comido la cabeza, el macho no habría podido completar su trabajo. Habría sido un sacrificio inútil. ¿No? —pregunta de repente, Pilar.

—No exactamente —contesta Dominique y añade: —El apareamiento no depende de la cabeza, sino que lo controlan centros nerviosos del abdomen. En el caso de que la hembra se comiera al macho durante la cópula no pasa nada. Las gónadas masculinas seguirían bombeando esperma,  completando así la fecundación.

Todos escuchan la explicación en silencio, pero Pilar la visualiza, imagina la escena y va más allá, lúbricos pensamientos humedecen su mente y abdomen.

La comida ha sido un éxito, plenamente satisfactoria y muy alabada. En la sobremesa se ha llegado a un acuerdo provechoso para ambas partes. Se han firmado documentos y brindado con champagne. Un taxi recoge a Dominique y la lleva de vuelta al aeropuerto.

Lucas, una vez pasado el peligro de la cópula, observa a las mantis. Ahítas de comida, pesadas, y incapaces de volar, sabe que no huirán. Agarra a Sutoro y luego a Midori y las deposita sobre unos tallos herbáceos amarillentos. Suben por los mismos, con cautela, hasta el final, y allí se dejan cimbrear por el aire mientras lo miran fijamente, sin moverse. «¿Qué pensarán?» se pregunta.

Llega la noche, el niño duerme soñando con su descubrimiento. No lo ha mencionado aún a sus padres,  quiere probarlo antes, una vez más.

Foto de cottonbro: https://www.pexels.com/es

 Pilar y Carlos salen al porche tras la cena, es verano, apetece acomodarse en las tumbonas y ver como se encienden y apagan las estrellas. No captan sus sentidos cefálicos un aroma sutil, un perfume fantasma, invisible al olfato, pero no para determinadas células que están excitadas y famélicas.

—Tengo hambre —dice ella.

— ¿No te has quedado bien con la cena?

—Otro tipo de hambre.

—No te estarán entrando ganas de comerte mi cabeza.

—No seas burro, no tengo que devorar a mi pareja para sentir placer.

— Quizá sí, sé bien que disfrutas cuando lo haces.

—Es verdad, me gusta comerte a besos.

—Tú también estás para comértelo todo.

— ¿Qué todo? ¡Dímelo!

—Todos los valles y todas las cumbres donde alcanza el sol, todas las grutas y los recovecos oscuros y jugosos.

— ¿A qué estás esperando? —responde ella. Lo mira fijamente con las pupilas dilatadas, hambrientas.

Los cuerpos anticipan el festín, el deseo se licúa convertido en fluidos corporales que se agitan y presionan, deseando desaparecer en otra piel.

Q.M.

6 comentarios en “Hambre – (Final)

  1. Mientras llega la noche, el niño duerme soñando con su descubrimiento; los adultos anticipan el festín, el deseo se licúa convertido en fluidos corporales que se agitan y presionan, deseando desaparecer en otra piel.. Interesante y poética propuesta, muy bien lograda. Aplausos

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