Tierra de ángeles

Trajano, el emperador romano, nació en Itálica en la provincia de la Bética, la capital en aquel entonces era la ciudad de Córdoba.  Córdoba es famosa, entre  otras cosas, por la mítica belleza de sus mujeres, cantada por poetas y escritores, y cuya figura y sobre todo ojos misteriosos y profundos han atraído la atención de grandes pintores.

Trajano paseaba por los alrededores de un poblado, a orillas del río Genil, y quedó asombrado por la hermosura de lo que allí encontró, y ello lo recoge la estrofa del romancero que dice: 

«Ángeles son no mujeres.

Dicen que Trajano dijo

y desde entonces Angellas

el pueblo a llamarse vino»

El pueblo bajo la ocupación musulmana cambió de nombre, pero ello no modificó los atributos de aquellas mujeres, de aquella tierra. Siglos después nací yo, obviamente no cumplo con los requisitos físicos de un querubín, por  lo visto según estudios antropológicos, la calidad angélica de la belleza no se transmite a varones, somos portadores simplemente. Pero mi madre sí era un ángel…rubia, de piel blanca y delicada, de ojos celestes y profundos, cara de eterna niña pero con el temple de un arcángel guerrero. Su vida no fue fácil, como la de todos los ángeles, ya sabéis que ofrecen un atractivo irresistible para atraer adversidades, o quizás solo sean el ejemplo que demuestra lo opuesto, que  las dificultades de la vida son cadenas, lastres, que nos impiden alzar el vuelo, pero en el fondo solo están ahí para probar la fuerza de las alas y el poder de elevarse sobre los océanos del sufrimiento.

Y es ahí donde se reconoce a un ángel, las alas son apéndices que surgen de la parte superior de la espalda, pero su nacimiento, sus inervaciones más profundas enraízan y se nutren del fluido púrpura del corazón. Un ser angélico, todo corazón, bondad y generosidad corre cierto riesgo, todo ejercicio físico incrementa la musculatura, un corazón que trabaja demasiado deviene grande. «Tiene un gran corazón» decían de ella…y así era,, o así fue…lo usó tanto, amó tanto, que le acabó estallando.

En el hospital no estaban preparados para reparar alas y con las plumas rotas emprendió un último vuelo. Yo lo supe más tarde, no tenían repuestos para corazones de oro.

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