El último ángel

Lo conducen encadenado por el cuello, la cabeza gacha, dolorido por los golpes y apesadumbrado por la visión que contemplan sus ojos.

Los cadáveres de los dos bandos yacen allí donde encontraron la muerte. Nadie los recogerá. Cuerpos ensangrentados, rotos, mutilados, en posturas imposibles, secándose. Incorruptibles en este mundo de luz, aséptico, sin formas de vida, sin soles ni estrellas, sin noche. Una atmósfera en la que los cuerpos se convertirán en momias resecas hasta que la perpetuidad sin tiempo los agriete, los fragmente y los reduzca a polvo. El polvo que cubre esta tierra sin rocas es rojo, como el horizonte infinito, sin un solo relieve. La línea que funde el espacio con la materia es una franja de color granate oscuro, que se va degradando a medida que asciende, palideciendo hasta convertirse en un blanco cegador en el cenit. Siempre igual, siempre sin cambios. Algunos lo llaman Eternidad.

Un tirón de la cadena lo frena. Delante de él se encuentra uno de los paladines enemigos. Lleva su melena rubia ceñida con una cinta de oro. Sus ojos azules dan profundidad a un rostro hermoso, de facciones perfectas, casi resplandecientes.

—Aquí está el rebelde. Este ya es el último. Los hemos exterminado a todos —dice uno de los guardianes que lo escoltan.

—Ha costado dar con él. ¿Donde se había escondido? ¿En el lugar prohibido, quizá? —pregunta el oficial.

—Sí, allí lo encontramos. Lo sorprendimos hablando con los humanos.

El líder le pone bajo la barbilla una espada que despide fulgores ígneos y le alza la cabeza mientras le pregunta:

 —¿Qué pretendías? ¿Acaso no sabes que la muerte es el castigo por desobedecer? Nadie debe ir allá.

—Hice lo que mi conciencia dictaba. He tratado de convencerles, de que entiendan que una jaula de oro no deja de ser una prisión, que tienen otras opciones. Vale la pena abandonar una vida llena de placeres terrenales, una vida sin cambios, por explorar la libertad —responde el prisionero.

—¿Acaso pensabas que ellos, mentes simples, podrían llegar a entenderte? No son más que animales, un poco más despiertos, pero, al fin y al cabo, mamíferos sin conciencia —dice el paladín.

—Sí que tienen, aunque incipiente, como una semilla latente. Una pequeña chispa de luz palpita dentro de ellos. Solo se trata de avivar la llama.

 —Lo hayan entendido o no, ahora han sido expulsados a un desierto. La ley prohíbe ajusticiarlos por su falta, pero hay cosas que son peores que la muerte. Estar desterrado en un yermo como aquel, es una de ellas. Tú les has causado su infortunio, ese mal innecesario. Eran felices en su ignorancia.

El prisionero piensa en lo que acaba de oír. Recuerda que el hombre parecía más reacio a confiar en él; se mantenía algo alejado. Les ofreció una manzana en símbolo de amistad, y ella se acercó y la tomó. Vencida la desconfianza, escucharon aquello que quería transmitirles y comprendieron de lo que les hablaba. Ahora saben que no están separados del Creador ni de su creación. Les dijo que no temiesen, que todo estaba bien así. Que no se sintiesen solos, que el vacío que hay más allá de la jaula no es aterrador, sino que es un mundo donde tienen la posibilidad de moverse, de errar, de caer y alzarse de nuevo. Es un espacio de crecimiento.

El interrogador le interrumpe sus pensamientos para preguntarle:

—¿No se sorprendieron de tu aspecto? Eres verdaderamente repulsivo. Ellos están hechos a semejanza nuestra. Tú eres una deformidad, un monstruo.

—Al verme, se sobresaltaron, pero les dije que era un mensajero de Él. Me aceptaron más con curiosidad que con miedo. A pesar de su inocencia primigenia, saben que todos formamos parte del Uno. Las formas pueden cambiar, pero la llama que arde dentro es la misma. No tenían motivo para temerme solo por ser diferente. Aún no saben juzgar por el aspecto, ven más allá. Son niños inocentes y puros, el germen potencial de la humanidad.

Foto de Mathias P.R. Reding en Pexels

(Fragmento del relato: El último ángel)

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