La máscara

Teresa recuerda que caminaban cogidos de la mano en silencio, con la devoción y el enamoramiento de sus catorce años. De repente, Ignacio se detuvo frente a un abedul, hurgó en un bolsillo y extrajo la navajilla de buscar setas; cortó un rectángulo perfecto en la corteza nívea del árbol y la desprendió con cuidado. Se giró de espaldas para que ella no viera lo que hacía —le encantaba sorprender— y tras unos minutos en los que solo veía gesticular sus brazos, se volvió.

—Ten, es para ti —alargó la mano y le tendió el objeto.

Era una máscara tosca, pero bien ejecutada. Había recortado las cuatro esquinas hasta darles  una forma elíptica,  cortó dos orificios almendrados para los ojos y otro con forma triangular para alojar la nariz. No tenía boca.

—Decían los antiguos celtas que el abedul es un árbol sagrado; el color blanco de su tronco destaca entre las frondas boscosas más oscuras, esa visibilidad la asociaban con claridad para ver el futuro.  Tallaban caretas con su madera y las usaban para ver más allá. Lo vi en un documental de National Geographic —fue su explicación.

Hace mucho tiempo de aquello. Se marchó felizmente, sin dolor, con su largo cabello castaño recogido en dos trenzas vikingas entretejidas con hilos de oro. Llevaba su vestido favorito, estaba radiante, lo veía reflejado en las lágrimas de los que se despedían de ella. Ignacio también estaba muy guapo, tan serio.  

Él tenía razón sobre  el abedul y sus cualidades mágicas.  Se detiene una vez más en el mismo lugar de antaño, el árbol se encuentra ante ella, inconfundible, conserva la cicatriz en la piel. Alarga la mano y busca dentro del bolso, saca la máscara, ya grisácea, reseca y endurecida por el paso del tiempo —sus trenzas son del mismo color—, la rigidez la ha agrietado dibujando una boca que sonríe. Le colocó una cinta roja y puede anudársela a la nuca sin tener que sujetarla con las manos. La ajusta a la cara y  sigue caminando. No tardará en llegar.

Lo encuentra tras un recodo del cauce,  sentado en una roca cerca del agua, con un palo dibuja ondas y estelas en la corriente, efímeras, sin duración en el tiempo, pero no por ello menos reales. Su escaso cabello y  bigote son de color marfil. Se levanta al verla, la saluda con un gesto de la mano, se acerca a ella y la besa. Caminan juntos cogidos de la mano, la hojarasca crepita a su paso, los árboles susurran en un lenguaje secreto. No sienten la necesidad de hablar, las manos comunican  sus corazones.

—Ya no la necesitamos —dice Teresa— Se quita la máscara y la guarda de nuevo en el bolso. Tras una breve pausa añade —: Hasta ahora nos encontrábamos a medio camino, yo esperando en la estación, tú viniendo y volviendo en el tren. Las despedidas eran lo más difícil de soportar, sobre todo para el que se queda en el andén.

Se detienen para mirarse, el uno reflejado en los ojos del otro, diminutos, detrás de la  ventana por la que mira el alma.  Teresa se contempla en las pupilas de Ignacio, observa como su cabello crece y se torna del color de las castañas,  desaparecen algunas arrugas y siente ligereza al esfumarse los años. Ignacio presencia, a su vez, como se le borra el bigote, el cabello negro vuelve a ocupar las zonas abandonadas y su espalda se flexibiliza y endereza. Sus cuerpos están cambiando, no saben cómo, regresan a los catorce años.

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