Savia roja

Están los amantes de la montaña que cuentan sus logros por haber alcanzado tantos tresmiles o cuatromiles. Mi esposa, apasionada del bronceado —según ella símbolo de buena salud— aunque eso había significado que sus amigas la llamasen “la terracota”, llevaba el cómputo de todos los lugares, entiéndase mares, en que se había bañado: El Mediterráneo  en sus diversas localizaciones, Tirreno,  Adriático, el Egeo, también el Atlántico y el Pacífico desde el paralelo 40 norte hasta los confines del Sur, solo le faltaba el Antártico y el Ártico, demasiado fríos, aunque con el cambio climático… ¡Dejémoslo aquí! ¡Cómo si no fuese la misma agua con distinto nombre! Era evidente que el agua se movía, viajaba, te mojaba el culo en Cuba y con el paso de los años, la misma, te lo volvería a mojar en las Azores o Bali, ¡Vete tú a saber! Uno no es experto en logística de corrientes marinas.

Voy al grano, estábamos de nuevo en Cancún. A cambio del  retorno a uno de sus lugares preferidos —yo insistía en no movernos de Benidorm—  habíamos pactado unas concesiones,  Luisa había accedido a diversificar un poco el ocio, no solo playa y piscina, y yo por mi parte renunciaba al uso exhaustivo de la pulserita en el bar y a sacrificar algo tan sagrado como la siesta. Nos habíamos comprometido a  abandonar el complejo hotelero,  durante un día, para participar en una excursión a Chichen Itzá, visitando  las ruinas  mayas.

By Genaro Servin from Pexels

Al quinto día de nuestra llegada teníamos programada la salida a las pirámides, el calor era sofocante, la mochila llena de botellas de agua, sombrero de paja, camisa floreada, pantalón corto y sobre todo litros de loción antimosquitos. Por lo visto todo el mundo había pensado igual, el autobús se convirtió en una cámara de gas tóxica. Con las ventanillas bajadas y los cabellos revueltos emprendimos el viaje. Pero el destino se guardaba un as en la manga, a veces lamento no hacer más caso a mis corazonadas,  “con lo bien que estamos en el hotel, ¿Dónde vamos a estar mejor que tumbados en una hamaca con un gin-tonic?”. Dicho y hecho, lo supe nada más bajar del autobús: adiós a las ruinas mayas. El pie, dormido, se enganchó torpemente en la escalerilla, trastabillé, se  inclinó el cuerpo peligrosamente a un lado y  el peso de la mochila me tiró al suelo.

Así que magullado, con un hombro dolorido y una rodilla pelada,  nos sentamos en un banco a la sombra de un árbol en una placeta, mientras nuestros compañeros de viaje se alejaban en dirección  a las ruinas. El guía tuvo la gentileza de aclararnos que no había médico en la zona, pero que si necesitábamos ayuda preguntásemos por el temazcal de Don Fidencio. Nos veríamos a la hora de la vuelta.

El temazcal es una especie de sauna maya, una ceremonia de purificación,  la cabaña del vapor era una cúpula de piedra, un igloo volcánico, con una manta alegremente coloreada con motivos étnicos mejicanos que cubría la entrada. Dentro, una débil hoguera en el centro creaba una penumbra cálida y acogedora, el olor a copal y hierbas aromáticas impregnaba la atmósfera. No hay nadie, pensé. Dos puntos de luz aparecieron en la penumbra y avanzaron hacia el fuego, se oyó un chisporroteo y se avivaron las llamas. Era una anciana de nariz aguileña, su rostro  muy arrugado y seco recordaba el cuero viejo y sus ojos de obsidiana, brillantes y negros, desmentían al mismo tiempo esa senectud, estaba muy viva.

Era la esposa de Don Fidencio, el chamán. El curandero se hallaba fuera recogiendo plantas  para la ceremonia vespertina. Le explicamos lo sucedido, y ella gentilmente comentó que no parecía grave y se ofreció a aliviarme el dolor con un ungüento. Se llamaba Jacinta. Me tumbé sin la camisa sobre una esterilla cerca de la hoguera, ella se acercó,  arrojó un puñado de polvos al fuego que de inmediato crearon una nube de humo, —conexión tierra-cielo— pensé. Jacinta entonó un cántico en un idioma desconocido, mientras tanto se sacó una patata de entre los pliegues de una falda muy vieja y tras cortarla  tomó una mitad y la acercó al humo, la movió en dirección a los cuatro puntos cardinales, la sumergió en el líquido de un platillo cercano y me la aplicó sobre el hombro dando pequeños giros. Noté el calor, círculos que rodaban hacia dentro en espiral…apenas podía mantener los ojos abiertos, un placentero manto de sopor me cubrió.

Desperté, miré en torno. Doña Jacinta ya no estaba, mi esposa me miraba con cara de preocupación. El dolor del hombro había desaparecido. Un hormigueo agradable recorría mi cuerpo, me encontraba fenomenal, rejuvenecido quince años. Pregunté por ella.

—«Salió a cuidar las gallinas y los conejos. Me ha pedido que me despida de ti. Dice que eres un hombre fuerte, que podrás con todo lo que el destino te depare, pero también me ha dicho que debes ir con cuidado, que un espíritu maligno del bosque, un árbol oscuro, te ha  elegido ya hace tiempo. No me digas que te explique lo que significa, a mis preguntas ella hablaba poco y con pesar. En un momento dado me susurró  que si el espíritu era más fuerte que tú, acabarías convertido en un árbol. Fue entonces cuando me entregó esto —abrió la mano y me mostró un colgante de piedra negra brillante— “Es parte del cuerpo de un sabio muy antiguo, le ayudará” —fueron sus palabras».

Luisa se encogió de hombros mientras me lo daba.

Convertido en un árbol, suena a ficción, a  mundo arcaico, cuentos de hadas y brujería. Durante los días restantes en Cancún olvidé aquellas palabras, demasiado inverosímiles para tomarlas en serio. Pero el dolor en el túnel carpiano había vuelto una vez más, la espalda se había endurecido un poco, imaginaba que las hamacas eran las responsables, todo se restablecería de vuelta en casa. Pero la cosa no mejoró, «caminaba raro» según los compañeros de trabajo, debido a un exceso de sexo vacacional opinaban los más jocosos. La verdad es que me hacía falta sonreír y no me ofendían las bromas, aunque cada vez que veía un árbol grande me quedaba pensativo recordando las palabras que pronunció la curandera.

By Ksenia Chernaya from Pexels

El desequilibrio acompañado de un leve vértigo se volvió una constante. En el hospital me hicieron una batería de pruebas, no había nada destacable en los resultados, por lo que me enviaron a un neurólogo, pensando que quizás eran manías,  un poco hipocondríaco. Llegó la hora del especialista,  nada más verme fue directo al grano y aplicó un protocolo de comprobaciones: andar, girar, examinar reflejos, manipulaciones en muñecas y brazos, repetir palabras, escribir sobre un papel…No dudó en el diagnóstico: «Es evidente, tienes principio de Parkinson», era el 23 de diciembre, esperando a Papá Noel, qué ironía. Trató de suavizarlo hablando maravillas sobre los avances de la medicina,  pero no lo escuchaba, en mi mente se dibujaba un futuro incierto no muy alejado  del vaticinio de Doña Jacinta

Busqué información al obtener el diagnóstico, había en exceso, partidarios y detractores de todo y de todos, buffet libre pero indigesto. Encontré datos sobre el parkinson en la antigüedad, alegorías, mitos y leyendas. Decía Robert Graves en La diosa blanca, que los druidas tenían la facultad de convertir a los hombres en árboles y enviarlos a la batalla. ¡Toma! Doña Jacinta tenía razón.

La conclusión de la última prueba, tecnología con isótopo radiactivo frente al conocimiento de una anciana con sus hatillos de flores secas, fue definitiva, ella tenía razón: Alteración dopaminérgica estriatal, bilateral y asimétrica, indicativa de patología primaria de la vía nigroestriada. Imagen típica de la enfermedad de Parkinson.

Sí, de alguna manera, estoy comenzando a convertirme en un árbol, hay más rigidez, más lentitud, la sangre se va convirtiendo en un fluido que  invita a reposar al igual que sucede con los ciclos de los árboles en el invierno, falta dopamina, los ritmos internos se enlentecen, se pierde precisión y exactitud en determinados gestos cotidianos,  algunos sentidos como el olfato ya son prescindibles, se convierten en ramas secas que derribará el viento, escribo con la letra de un extraño y me fluctúa la voz —adiós a formar parte de un coro— En ocasiones se percibe un seísmo en las profundidades, en un epicentro lejano y profundo, por fortuna los temblores no llegan a la superficie. Todo ello no impide que la vida continúe, con mi realidad actual soy una más de sus múltiples manifestaciones. Me vienen a la mente los Ents de Tolkien, pastores de árboles, gigantes bonachones avanzando lentamente en un bosque perdido.

Luisa está entusiasmada preparando el próximo viaje a Cancún. Yo también. No dejo de ver los ojos de obsidiana de Doña Jacinta.

2 comentarios en “Savia roja

    • Muchas gracias María, por la lectura del relato(a veces me extiendo mucho) y por tus palabras. Estaba tu comentario en Spam (no sé porqué) pero la campanita no me había avisado y ahora cambiando unas cosillas como Adm. lo he visto. Un abrazo de vuelta.

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